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¿Cuál es la frecuencia, Kenneth?

Columna de Roger Leiton-Thompson en Diario Concepción

Era sábado por la noche y dos amigos, uno inventor y el otro músico, suben hasta un cuartucho lleno de cables y circuitos en la azotea de un edificio universitario en Nueva York. Afuera, una parabólica de 3 metros apuntaba al cielo a la caza de satélites enemigos. Era 1984, plena Guerra Fría, y Kenneth Schaffer, obsesionado con la radio desde niño, había inventado un aparato para robar la señal a satélites de TV rusos; una hazaña para la época. Por la diferencia horaria, mientras en EE.UU. era de noche, en Rusia los canales mostraban programas para niños.

Siempre faltará espacio para describir la importancia de las ondas de radio: inundan el Universo como un recuerdo del Big Bang; desde galaxias y estrellas las capturamos con nuestros radiotelescopios; con ellas hemos enviado mensajes a sistemas solares lejanos con la esperanza de hablar con otras civilizaciones; usamos su eco para detectar aviones así como para hacer mapas topográficos de Venus; por más de 100 años nos han traído música y noticias hasta nuestras radios y TV. Nuestro mundo inalámbrico vibra a la frecuencia de las ondas de radio.

Los micrófonos inalámbricos ya existían desde los años 1940s, pero en los 70s –cuando Mike Jagger (Rolling Stones) ya se contoneaba frenéticamente cantando por los escenarios– aún sufrían de interferencia radial. Kenneth (inventor y amigo de otras muchas leyendas del rock como Hendrix, Lennon, KISS y Aerosmith) solucionó la interferencia y aplicó la misma tecnología inalámbrica a guitarras y bajos. Desde entonces los rockeros se mueven en los escenarios con soltura, sin cables y sin electrocutarse. Así Kenneth conoció a Sting, con quien vió programas rusos para niños hasta las 2 A.M. de aquel sábado.

Al día siguiente, un ayudante de Sting llamaba a la puerta de Kenneth para entregarle una grabación. Era la maqueta del tema ‘Russians’ (incluido luego en su primer disco solista). Tomando prestada una melodía del ruso Prokofiev (1891-1953), la canción relata su ansiedad por las amenazas entre norteamericanos y rusos con misiles nucleares a comienzos de los 80s. La versión final empieza con el tic-tac de un reloj y diálogos radiales de la Apollo-Soyuz, una misión espacial entre EE.UU. y la Unión Soviética en la que astronautas de ambas potencias trabajaron juntos en órbita por 4 días durante 1975 (se dice que la NASA también ocupaba la tecnología de Kenneth para mejorar la comunicación radial en el espacio).

En palabras de Sting: ‘Lo que me llamó la atención al ver esos programas infantiles rusos fue cuánto cuidado, atención y amor ponían en ellos. Eran nuestros enemigos, pero claramente aman a sus hijos tal como amamos a los nuestros. Es la razón por la que no nos hicimos estallar entre nosotros, es porque todos teníamos un interés en el futuro’.

¿Quién podría imaginar que aquellos versos tomarían sentido otra vez hoy?: ‘… compartimos la misma biología / sin importar la ideología / lo que podría salvarnos a mí y a ti / es que los rusos también amen a sus hijos’.